El feminismo, como movimiento de mujeres organizadas para alcanzar objetivos específicos relativos a la emancipación de la mujer, aparece en la segunda mitad del siglo XIX y sus orígenes ideológicos arrancan de la Ilustración y la Revolución Francesa, de la reforma protestante y el liberalismo, y de los clubes feministas de finales del siglo anterior, en definitiva, arranca de la reivindicación para las mujeres de la nueva referencia emancipadora que para los hombres inaugura la revolución política burguesa.

El libro de Stuart Mill, La esclavitud de la mujer (1869), fue la Biblia del feminismo que, por sus orígenes y por la clase de quienes mayoritariamente lo conformaron, podemos calificar de burgués.

El talento de Stuart Mill le hizo comprender la situación injusta en que se encontraba la mujer en relación al orden social establecido cien años antes, y en su opúsculo engrana la cuestión femenina con la teoría política del individualismo liberal y sus supuestos básicos: "Los seres humanos ya no nacen con un lugar fijo en la vida ni están encadenados por un vínculo inexorable al lugar en el que nacen, sino que son libres para utilizar sus facultades y cualquier oportunidad favorable que se les presente, para seguir la suerte que les parezca más deseable. En ningún otro caso más que en este que incluye a la mitad de la raza humana (las mujeres), están las funciones sociales más elevadas cerradas a alguien por la fatalidad del nacimiento, frente al cual ningún esfuerzo ni ningún cambio de circunstancia puede prevalecer". Esta concepción de la libertad de Stuart Mill es una concepción burguesa de la libertad, la misma que libera a los siervos. "Los seres humanos ya no nacen con un lugar fijo en la vida ni están encadenados por un vínculo inexorable al lugar en que nacen...", la revolución ha liberado a los siervos rompiendo el vínculo que les sujetaba a la tierra y al señor, y a partir de esta liberación ya son libres "para utilizar sus facultades y cualquier oportunidad favorable que se les
presente...".

Esta libertad burguesa y su consecuencia: la libertad de los siervos, es la que permite a Marx ironizar sobre la libertad de obrero: "Para convertir el dinero en capital, el poseedor del dinero tiene, pues, que encontrarse en el mercado, entre las mercancías, al obrero libre; libre en un doble sentido, pues de una parte ha de poder disponer libremente de su fuerza de trabajo como su propia mercancía , y de otra parte no ha de tener otras mercancías que ofrecer en venta; ha de hallarse, pues, suelto, escotero y libre de todos los objetos necesarios para realizar por su cuenta su propia fuerza de trabajo".

Y es esta libertad la que Stuart Mill reclama por la mujer: libertad para venderse como mercancía en el mercado de trabajo, sin duda, pero sobre todo libertad para comprar, para apropiarse, para poseer, para que se abran para ella "las funciones más elevadas" que hasta entonces les estaba "cerradas".

La situación concreta de la mujer en el tiempo de Stuart Mill aclara en quien estaba pensando cuando menciona "el acceso a las funciones sociales más elevadas", a quien se dirigía, para quienes reclamaban la libertad y hasta quienes "oyen" y entienden su mensaje y hacen de él su Biblia. En esta época las mujeres obreras y en general las mujeres de las capas populares gozaban ya y sin ninguna clase de impedimentos de la libertad de venderse en el mercado de trabajo, habían sido ya liberadas juntamente con los siervos, sus hombres, y eran objeto de una doble explotación despiadada en la fábricas y en sus hogares; sólo las mujeres de la burguesía y de las clases residuales de donde éstas procedían (profesiones liberales, artesanos, mercaderes y comerciantes) eran las que se encontraban, desde su nacimiento y por su condición de mujeres, discriminadas en relación a sus hombres y las que, por ello, podían resentir que tenían cerradas las puertas y los mecanismos de acceso a la propiedad y a la disposición de bienes, al ejercicio de profesiones liberales y de funciones públicas, a la condición de empresarios y de capitalistas y aun a la participación en la política mediante el sufragio y la posibilidad de ser elegidas. La doctrina liberal de "laissez-faire" debía ser aplicada también a las mujeres, tanto en lo que las pudiera perjudicar como favorecer, y nada tiene de extraño que fuera recibida como buena nueva por aquellas a quienes les favorecía e ignoraba por cuantas les estaba perjudicando.

De esta forma el feminismo de la época se encuentra en una estrecha relación con la teoría de los valores de libertad e igualdad individual sobre la que se asienta el liberalismo burgués y aparece como una turbulencia de su despliegue cuando tropieza, y en cuanto tropieza con las resistencias y las limitaciones que se le impone desde dentro de orden social vigente, desde las objetivaciones de los acuerdos sobre los que se asienta el cambio social para poder realizarse. Estos acuerdos consolidan y hacen sobrevivir privilegios del orden precedente, a la par que limitan en el signo la presencia de la nueva autoreferencia que, por ello, solo puede desplegarse como turbulencias, sin seguir el camino de su registro por la meditación del signo.

El trabajo es el elemento clave para la comprensión de los valores de libertad e igualdad individual constituyentes de la autoreferencia del bucle recursivo burgués que se enfrenta con el orden social que le precede y su autoreferencia. A la base del conflicto que la revolución burguesa resuelve en términos consensuados, en acuerdos que se expresan en los signos (normas y leyes en sentido amplio) del nuevo orden burgués, está en trabajo como fuente que legitima la propiedad privada individual y la convierte en sagrada y transmisible por herencia. Todos los hombres son iguales una vez que han sido liberados de los vínculos serviles, todos y cada uno puede desarrollar sus capacidades y según éstas acceder a la apropiación de la riqueza mediante el trabajo. La propiedad privada individual es directamente la expresión de esta libertad y también donde se manifiestan las diferencias individuales, las diferencias en el uso que cada cual haga de su libertad. La libertad se extiende y se manifiesta en el libre uso de lo que se ha adquirido por el trabajo esto es, en la propiedad privada individual.

Esta propiedad privada individual, legitimada por el trabajo y éste cimentado sobre los conceptos de libertad y de igualdad, se opone a la propiedad reconocida en el orden precedente, propiedad que se legitimaba por su función en este orden, función nacida precisamente del vínculo que sujetaba a los siervos y que en cadena relacionaba a todos los ricos y poderosos con los pobres y los desposeídos. La posesión de riquezas se legitimaba por la función de protección a los desposeídos, que tenían que ejercer los poseedores.

Podemos hablar así de propiedad pública individual, en oposición a la propiedad privada individual; dos tipos de propiedad individual en los que la herencia coloca a lo individual en un contexto familiar que, inevitablemente, alarga al individuo en una cronología histórica que le desborda.

El bucle recursivo burgués triunfante en el mundo occidental sobre el orden que le precede, no sin una lucha que se extiende durante un largo período de pasaje en el que se conforman los Estados Modernos bajo el poder absoluto de los reyes que destruyen el poder feudal, se establece como nuevo orden mediante acuerdos con los órdenes precedentes, según el Estado y el momento en que se producen. En estos acuerdos, y por lo general, se admite la legitimación de la propiedad privada individual, lo que supone consolidar en la nueva situación antiguos privilegios; pero, y al propio tiempo, el suprimir su funcionalidad legitimadora y las cargas y responsabilidades correspondientes, libera a sus poseedores de todas las limitaciones que sobre la disposición de estas propiedades se le imponían y, de un modo especial, aquellas que impedían venderlas y transmitirlas por herencia de forma distinta a la regulada por las leyes del mayorazgo u otras formas de vinculación.

Sin embargo, y también en genera, en los signos en que se manifiesta el nuevo orden, se mantienen algunas limitaciones tanto en la libre disposición de los bienes por herencia (las legítimas de los hijos, por ejemplo), como sobre la disposición y administración de los bienes simplemente; las más notables son las que afectan a los menores de edad y a las mujeres, quienes, por su incapacidad legal de disposición, precisan un representante legal en las personas del padre, del marido o del tutor.

Por otra parte, la libertad y la igualdad de la autoreferencia burguesa sufren fuertes limitaciones en el orden del signo, en las normas que regulan la participación política, al impedir a las mujeres y a cuantos carecen de propiedades o de cultura, elegir a ser elegidos. La incapacidad legal que se impone a las mujeres recorta también su acceso a profesiones liberales, al comercio a la industria, aunque no, desde luego, al trabajo asalariado en los niveles más bajos.

El desacuerdo de todas estas limitaciones (y otras muchas que sufren las mujeres y que se despliegan en las leyes penales, civiles y mercantiles de la época) recogidas en el orden de los signos, con los conceptos de libertad y de igualdad de todos los hombres tal como aparecen en la referencia o autoreferencia del buche recursivo liberal burgués, y su indudable acuerdo con la autoreferencia del orden precedente, permiten situarlas como expresivas del consenso constituyente del cambio social burgués y, al propio tiempo, comprender el margen de turbulencia que ofrecen, sin salirse de la autoreferencia burguesa liberal, no sólo a las mujeres, sino también a grupos discriminados y excluidos de sus derechos a participar en la "cosa pública" mediante el voto y su capacidad de ser elegidos. El liberalismo político , en sentido general, así como también las primeras organizaciones feministas, se constituyen sobre este margen y en oposición al conservadurismo.

Para la comprensión de los movimientos feministas de la época, resulta esclarecedor subrayar la incidencia que en estas limitaciones consensuadas tiene la relación entre la igualdad/libertad de la autoreferencia burguesa y a propiedad privada individual a través del trabajo como su fuente legitimadora.

Como consecuencia de esta relación y de la situación de hecho de que los bienes y riquezas están ya apropiados por una minoría cuando el nuevo orden se establece, la población de cada Estado se encuentra dividida en dos grandes grupos:

    1. El grupo de propiedad

    2. El grupo mucho más numeroso de los desposeídos y cuya única propiedad consiste en su propia e individual fuerza de trabajo. En esta situación es indudable que todas las limitaciones que se imponen a los mujeres en general, respecto a la propiedad y a la administración de bienes y aquellas otras que afectan a su capacidad de desarrollar actividades industriales y comerciales y al ejercicio de profesiones liberales y cargos públicos, sólo afectan en la práctica a las mujeres del primer grupo, ya que a las mujeres del segundo lo que les separa del ejercicio de esos derechos no es su prohibición, sino la frontera previa de desposeídas y su situación a este respecto no es discriminada en relación con sus hombres. Ni siquiera se encuentran discriminadas respecto al trabajo, ya que para ellas están abiertas las puertas de las fábricas y, como sus hombres, son libres "en un doble sentido, pues por una parte ha de poder disponer libremente de su fuerza de trabajo como de su propia mercancía, y por otra , ha de hallarse, libre de todos los objetos necesarios para realizar por su cuenta su propia fuerza de trabajo" (Marx).

Todo esto plantea un problema teórico, o si se prefiere un problema de reflexión teórica: ¿Cuál es la razón última que lleva a la burguesía a mantener en el orden del signo a sus mujeres fuera de las funciones sociales más elevadas reteniéndolas sometidas en el hogar y en las funciones de reproducción, y a los obreros a reclamar que el signo excluya a las suyas de las funciones socialmente más bajas y las devuelva al hogar y alas funciones de reproducción? ¿Por qué ambos grupos y pese a su antagonismo de clase reclaman lo mismo para sus respectivas mujeres? La pregunta correcta a estas preguntas ofrece muy probablemente una de las claves para la penetración en las relaciones, no siempre armoniosas, entre la teoría marxista de los valores y las prácticas de liberación de la mujer.

En el pensamiento burgués, su concepción básica de individuo esconde, tras una máscara egocéntrica que señala al ser individual como su autoreferencia, la permanencia en el proyecto de ese ser aun cuando éste materialmente haya desaparecido, la perpetuación del ser individual burgués de su propiedad, y, con él, del orden social que lo significa e identifica de sus hijos. Se trata de un desvío de la vida hacia la historia que se apoya, una vez más, en situar a las mujeres en la función de reproducción, no es los estrictos términos biológicos de reproducción de la especie, sino en los más sofisticados, de ahí el desvío, de reproducción de la producción material del proyecto, para lo que se precisa su sometimiento, la ruptura del nexo de la vida por la presencia de la Ley (el padre), que impone la renuncia ala mujer (madre) y al hombre (hijo), el sacrificio para alcanzar el cumplimiento de la promesa. La institución familiar socialmente producida como unidad básica de la historia, alambique donde el individuo desborda el proyecto los límites materiales de su existencia, necesita a la mujer/madre, y en tanto que la necesita, la sujeta.

El liberalismo apuesta por el egocentrismo del burgués en su teorización económica, la sociedad en su conjunto avanza por el enfrentamiento competitivo de los distintos interese egoístas ( cada burgués los suyos), pero el egoísmo del burgués y su capacidad históricamente operativa para la acumulación de la riqueza que aparecen como individuales, están abocados a permanecer en el proyecto patrimonial de la familia burguesa.

En el caso de los obreros, -y en el momento en que la turbulencia se transforma en bucle, porque aparece como autoreferencia el proyecto alternativo utópico con su objetivo de lucha de clases -,al mimetismo que provoca el modelo dominante burgués, se añade la necesidad del desvío histórico o sacrificio de la vida al nuevo proyecto, y de ahí nace la necesidad de preservar la familia, en este caso obrera, y también la necesidad de la devolución/sometimiento de la mujer obrera al hogar.

El marxismo apuesta por el individuo producido al final de la lucha mediante la unidad conquistada de cada uno con el genérico colectivo. El egoísmo de los burgueses como la familia obrera constituyen etapas históricas necesarias para esta unidad constituyente del individuo, avances dentro de los posible a partir de los avances anteriores. En la etapa que consideramos, la recomposición de la familia obrera tiene, sin duda, para el marxismo este carácter coyuntural y no definitivo; se hace necesaria para la permanencia, mediante la reproducción, del obrero como sujeto del cambio revolucionario, así como el egoísmo de los burgueses al promover la producción de la riqueza rompiendo los límites inmovilizadores de la etapa anterior; aparece también como necesaria coyunturalmente y constituyente de la otra parte que sgún el
marxismo se materializa en la riqueza que
se acumula.

Antes de que las turbulencias obreras se convirtiesen en bucle recursivo y de que este bucle recursivo las mujeres obreras acusaran su presencia como turbulencia, las organizaciones feministas, en tanto turbulencias del orden burgués y dentro de este orden, inician sus luchas. Éstas se desarrollan de distintas maneras según los países, condicionadas por sus diferentes estructuras económicas, sociales y políticas, condiciones, a su vez, dependientes de las formas y el estadio en que se encuentra el conflicto entre el bucle recursivo burgués y los órdenes sociales precedentes o sus diversas soluciones consensuadas.

Sobre estas diversidad de condiciones estructurales que diversifican las historias de los movimientos feministas del período según los países, aparecen sin embargo, algunos elementos comunes. De entre ellos podemos destacar:

    1. Que la familia extensa deja paso a la familia nuclear.

    2. Que por circunstancias diversas, como la emigración a nuevos países, las guerras y la mortandad masculina, debido sobre todo a las condiciones mismas que impone sobre el desgaste de la energía la industrialización y la forma como se realiza, se empieza a producir un excedente de mujeres en relación a las necesidades domésticas. Ambos factores conjugados tienen el efecto de hacer aparecer como problema social el de las mujeres solteras y hasta cierto punto el de las viudas, problema que no podía sumir la familia nuclear ni resolver por el expediente tradicional de las órdenes religiosas femeninas en crisis durante el período.

Estos problemas, que en las familias obreras se diluyen en las fábricas y los talleres, en el servicio doméstico y en la prostitución, y que en las familias burguesas es resuelto sin dificultad por su elevada capacidad económica, cuando se presenta en los grupos sociales llamados de "clase media", comerciantes, artesanos y profesiones liberales, presiona sobre el orden y, en general, es asumido por las organizaciones feministas que reclaman su solución mediante medidas que abran para las mujeres las profesiones y los oficios que les estaban cerrados, y reformas en las educación que les permitan el acceso a los conocimientos necesarios para desempeñarlos.

El voto como reivindicación prioritaria que va, sin embargo, a caracterizar a los movimientos feministas del período en la imagen que de ellas nos ha dado la historia, no aparece en los inicios de los movimientos feministas.

Los primeros objetivos de estos movimientos son de tipo económico y están en relación con la propiedad y la administración de los bienes, reclaman la herencia (viudas) y el derecho de disponer libremente de su patrimonio, el libre ejercicio del comercio y de la industria, el acceso a profesiones liberales como la medicina, la abogacía y la enseñanza, poder cobrar haberes, desempeñar cargos públicos y el ejercicio de acciones judiciales, salir, en fin, de la precaria vida dependiente que las solteras, sobre todo, llevaban en las familias de "clase media".

Las discusiones y las luchas que en esos momentos se desarrollan en diferentes países de Europa y en los Estados Unidos de América, sobre la extensión del derecho de voto a grupos de hombres excluidos por razones económicas o raciales y el convencimiento de que el avance de sus reivindicaciones pasa por alcanzar una presencia en el poder legislativo,. Lleva a las organizaciones feministas asentadas en los supuestos burgueses de propia estimación, esfuerzo personal y autocontrol, a reclamar el derecho al voto, a elegir y ser elegidas, basándose en que ellas son en el cumplimiento de estos principios, tan consecuentes o más que los grupos de hombres que también lo reclaman y aún de los que ya disfrutan del sufragio.

Las campañas feministas contra la embriaguez y la licencia sexual, contra la doble moral masculina, así lo evidencian. Las mujeres no se emborrachan ni tiene libertad sexual alguna y, en contrapartida, soportan estas lacras en los hombres frente a los que no tiene posibilidad de defenderse al carecer de derechos y de igualdad. La resistencia de los poderes políticos para conceder las reivindicaciones feministas radicaliza en movimientos que en sus inicios fue moderado y gradual en sus reclamaciones, surgiendo así el movimiento feministas radical que concentró sus acciones en la consecución del voto para la mujer.

Estos rasgos generales y comunes que se presentan en los movimientos feministas de la época, marcan a la mujer sufragista en la representación ridiculizadora y defensiva que de ellas hacen los hombres: solteronas amargadas y moralizantes, señoritas de clase media que, por feas, no han logrado "cazar" a un hombre y se lanzan a la calle vociferando su desengaño.

La realidad, sin embargo, es otra..,una buena parte de las mujeres de los movimientos feministas están casadas, son sus propias mujeres.

Aunque fueron las norteamericanas las que desempeñaron un papel principal mas importante en la creación de organizaciones feministas en muchos países -no solo en Australia y Nueva Zelanda, sino también en Alemania, por ejemplo -, el feminismo británico también tuvo un papel influyente aunque menos directo. The subjection of women, de Stuart Mill, tuvo una influencia incalculable sobre el feminismo de todo el mundo. Y en la cruzada contra la regulación estatal de prostitución, el movimiento norteamericano fue en gran parte engendrado por su equivalente británico, que suministró a las "nuevas abolicionistas"de todo el mundo los elementos más importantes de su programa e ideología.

Cronológicamente, el feminismo británico fue el segundo, después del norteamericano, que apareció de forma organizada. De hecho se remonta a la década de 1850, aunque anteriormente a esta fecha se crearon algunas organizaciones por razones cuyas implicaciones, si no sus fines manifiestos, eran de carácter feminista. En Gran Bretaña la década de 1850 fue testigo de varias reformas sociales que afectaron a la mujer. En 1852, una ley del parlamento puso fin al derecho del marido a obligar a su mujer a cohabitar con él al dictar auto de habeas corpus contra cualquiera que le diera refugio.

En 1857 fue promulgada la ley del divorcio. Por supuesto, esto fue sólo el comienzo: hasta 1891, un marido todavía tenía derecho a secuestrar y encerrar a su mujer, y mientras la ley de divorcio de 1857 permitía al marido divorciarse de su mujer por adulterio, exigía a la mujer probar que él era culpable de violación, sodomía o bestialidad, o de adulterio juntamente con incesto, bigamia, crueldad o abandono.

Sin embargo, las diversas medidas de la década de 1850 señalaron con claridad los comienzos de una nueva actitud hacia la mujer, que iba a otorgarle una mayor libertad de la que había sido posible anteriormente. Antes de 1857, por ejemplo, el divorcio era únicamente posible a través del costoso proceso de obtener un acta privada del Parlamento. Y al mismo tiempo que se realizaban estas reformas, también aumentaban las oportunidades en el campo de la educación.

A finales de la década de 1840, la enseñanza secundaria para muchachas entró en una nueva era con la fundación del Queen´s College y el Bedford College en Londres, y durante la década de 1850 grupos de mujeres no organizadas comenzaron a presionar para conseguir más reformas en la educación. Esta actividad culminó en el Royal Commission Report (Informe de la Comisión Real) de 1858, que recomendaba la creación de un sistema nacional de escuelas secundarias para muchachas, a fin de educar a las niñas de la clase media en las nuevas y complejas tareas de la economía doméstica con que tenía que enfrentarse el ama de casa burguesa en la floreciente sociedad de la Inglaterra victoriana.

Además, estos cambios en la enseñanza beneficiaron de paso a las solteras, cuyas oportunidades económicas eran cada vez mas menguadas debido a la creciente profesionalización, sobre todo de la enseñanza y la medicina.

Fue la participación de las filántropas de la clase media en los debates en torno a estas medidas lo que dio lugar al feminismo organizado. Un comité de mujeres constituido para elevar una petición a favor de la ley de la propiedad de la mujer casada en 1855 se transformó posteriormente en la Society for the Employment of Women (Sociedad para el empleo de la mujer), y también adquirió una revista, la Englishwoman´s Journal, que permitía a sus miembros expresar sus ideas sobre una amplia serie de temas.

Esta concentración en las cuestiones económicas, junto con una preocupación por el aumento de las oportunidades educativas, fue una característica del moderado en sus etapas formativas en muchos más países que en Gran Bretaña. También lo fueron los lazos políticos generales de los cuales han hecho caso omiso los estudiosos del primer feminismo británico: le década de 1850 en Gran Bretaña fue una época en que las fuerzas reformistas cerraron filas, en que la preocupación de la clase media por las cuestiones sociales aumentó tras el miedo al cartismo de la década de 1840, en que el radicalismo burgués volvió a surgir.

Los desastres de la guerra de Crimea inspiraron una creciente inquietud por la capacidad y el profesionalismo como criterios de la administración, expresados entre otras formas por las demandas de abolición de la compra de los cargos oficiales. Esto no solo tuvo consecuencias específicas para las mujeres, como la exigencia de una mayor titulación profesional en la medicina, la asistencia sanitaria y otros campos, sino que, de modo más general, engendró una serie de asociaciones dedicadas a la reforma social, de las cuales la National association for the promotion of social science (Asociación Nacional para la promoción de la Ciencia Social), organismo que dio origen al primer movimiento feminista, fue tal vez la más importante.

Las mujeres intervenían activamente en muchas de estas asociaciones, a veces -como en el caso de Octavia Hill en el movimiento voluntario de auxilio a los pobres de Londres- en su mismo centro. Estos acontecimientos formaron parte de una transición general de la política elitista de los Wigs en la década de 1840 hacia el liberalismo popular de la de 1860.

En este proceso, la decadencia del radicalismo extremista entre la clase obrera después de 1848 y la adopción de actitudes liberales por parte de la mano de obra especializada desempeñaron un papel importante, al igual que la integración de los grupos protestantes inconformistas en el sistema político, del cual habían sido excluidos anteriormente por diversas medidas discriminatorias.

El Movimiento sufragista comenzó en Gran Bretaña en 1866 con la presentación ante el parlamento de una petición firmada por 1499 mujeres exigiendo que la reforma del sufragio que entonces se debatía incluyera el voto para la mujer. Las organizadoras de la petición, que fue presentada por John Stuart Mill y Henry Fawcett entre la Cámara de los Comunes, eran principalmente feministas moderadas de la Society for the employment of Women .

Es evidente que no habrían pedido el voto si no hubiera sido por el debate que hacía estragos en torno a la propuesta de ampliación de los derechos políticos a clases de hombres no incluidas entre las que habían recibido el voto gracias a la gran ley de reforma de 1832. Al ser rechazada la petición, las organizadoras, conjuntamente con otros grupos de fuera de Londres, procedieron a crear en 1867 un movimiento permanente: La National Society for Woman´s Suffrage (Sociedad Nacional pro Sufragio de la Mujer). La figura mas destacada de la NSWS hasta 1890 fue Lydia Becker , liberal manchesteriana; el movimiento mantuvo estrechas relaciones con los liberales librecambistas de Lancashire.


Comparadas con las dificultades que tuvieron que afrontar sus hermanas norteamericanas, la tarea con que se enfrentaba Becker parecía fácil. Todo lo que tenía que hacer era conseguir que liberales de izquierda como John Stuart Mill, Jacob Bright y Richard Cobden se animaran a presentar proyectos privados de ley en favor del sufragio femenino. Estos proyectos fueron presentados todos los años desde 1870 hasta 1878, y a partir de 1884 (salvo en 1889 y 1901). En general pedían un sufragio restringido (por ejemplo, la extensión de los vigentes derechos de voto a la mujer). En 1870 un proyecto de ley sobre el sufragio femenino fue aprobado en la Cámara de los Comunes por una mayoría de 33 votos. En 1884 se aprobó otro por 21 votos y en 1897 otro obtuvo una mayoría de 71. En 1904 la mayoría a favor fue de 114, y en 1908 fue nada menos que 179.

Un apoyo tan grande era, por supuesto, impresionante. Pocas legislaturas en el mundo, y ninguna en Europa, podían jactarse de contar con unas mayorías tan tempranas, tan repetidas y tan grandes. Sin embargo, aunque las Cámaras del Parlamento eran soberanas en Gran Bretaña, estas votaciones no produjeron ningún resultado tangible por varias razones. En primer lugar los conservadores, muy influenciados por la aristocracia y los intereses de los terratenientes , se oponían rotundamente al sufragio femenino, y aunque a veces se encontraron en minoría en la Cámara de lo Comunes, a partir de mediados de la década d 1880 estuvieron en mayoría permanente en la Cámara de los Lores.

Aun más importante fue el hecho de que durante las dos décadas posteriores a 1885 los conservadores apenas dejaron el poder. Los pocos gobiernos liberales que hubo durante este periodo fueron efímeros. Por consiguiente, la gran mayoría de los proyectos de ley sobre el sufragio femenino fueron arrinconados sin votación o "extraviados" por los gobiernos conservadores durante su paso por la Cámara de lo Comunes, aun cuando hubieran obtenido un voto mayoritario anteriormente. Y de nuevo, cuando en 1867 y 1884 se amplió el derecho al voto para hacerlo extensivo a los varones de las clases medias bajas y de la aristocracia del trabajo, muchos miembros del Parlamento consideraron que si añadían el voto para la mujer pondrían en peligro el proyecto de ley original. También otros problemas, como la cuestión irlandesa, restaron la importancia al sufragio femenino durante este periodo.

Además, el propio movimiento a favor del sufragio femenino casi perpetuamente en dificultades durante las décadas de 1870 y 1880. En 1871 La National Society for Women´s Suffrage de Londres rompió con la asociación nacional y no se reincorporó a este organismo hasta 1877. Durante las dos décadas que siguieron a la ley de reforma de 1867, a pesar de la nueva ampliación del sufragio masculino en 1884, el clima político fue desfavorable al movimiento sufragista. Al igual que su réplica norteamericana el feminismo británico había sufrido una"radicalización prematura", y el movimiento sufragista constituido bajo el estímulo del debate nacional en torno al sufragio masculino en 1867 pasó por continuas dificultades durante las dos décadas siguientes, y tal vez se mantuvo vivo gracias sobre todo al continuo apoyo que su causa consiguió en la Cámara de los Comunes. Sin embargo fue precisamente durante este periodo cuando se pusieron los cimientos tanto sociales como organizativos para una transacción completa al radicalismo.

Las oportunidades educativas y profesionales aumentaron; las mujeres fueron admitidas en Oxford y Cambridge y en 1876 consiguieron el derecho a matricularse en medicina. La rápida expansión, durante la década de 1870, de la enseñanza, la asistencia sanitaria y otras profesiones procuró empleo e independencia económica a un número cada vez mayor de mujeres. Además estos mismos años fueron testigos de la creación de movimientos femeninos de reforma moral, los cuales contribuyeron a la extensión del movimiento feminista en un sentido radical. La más de estas organizaciones de reforma moral fue sin duda el movimiento para combatir la regulación estatal de la prostitución fundado en 1869 por Josephine Butler.

Al igual que al movimiento norteamericano al que sirvió de modelo, la organización de Butler consiguió algunos triunfos espectaculares, sobre todo en las elecciones parciales de Colchester de 1870, en las que un candidato partidario de la regulación fue derrotado tras una masiva campaña abolicionista contra él. Butler ganó para la causa a las iglesias protestantes y a los sindicatos en la década de 1870, y el advenimiento de un gobierno liberal en 1880 preparó el camino para la suspensión de la regulación estatal en 1883 y su abolición en 1886.

Los abolicionistas ingleses se vinieron beneficiados por un cierto número de factores. Mientras los norteamericanos tuvieron que montar toda una serie de campañas locales debido a que la regulación no estaba sancionada a nivel federal, sino a nivel estatal o municipal, los abolicionistas ingleses pudieron concentrar todas sus energías en influenciar una sola institución, el Parlamento, y el derecho de que la regulación se hubiera hecho por decreto del parlamento (las contagious Diseases Acts) hacía que su derogación fuera relativamente sencilla una vez conseguido el apoyo público suficiente. Además de contar con el respaldo de poderosas instituciones como las iglesias y los sindicatos, la campaña de Butler se benefició también de una tendencia cada vez mayor hacia la represión moral que siguió a las leyes de reforma de 1867 y 1884 (y por supuesto lo reflejó en parte).

La concesión del sufragio a la pequeña burguesía y a la aristocracia del trabajo, que copiaran, exagerándolas, las posturas morales de las clases medias establecidas, y la inquietud entre el electorado por la estabilidad del orden social y político al ampliarse los derechos políticos de tres millones a un total de cinco millones de votantes en 1884, fueron acontecidos que contribuyeron a crear un clima moral en el cual fueron clausurados varios lugares nocturnos londinenses de mala fama, eminentes políticos se vieron acosados hasta el punto de tener que retirarse de la vida pública por sus pecados morales, y se creó una asociación nacional de vigilancia para combatir la pornografía a través de la propaganda y la acción parlamentaria, con el aplauso general de la prensa.

Estos acontecimiento prepararon el camino para la plena transición al feminismo radical en Gran Bretaña. El transfundo político fue una importante reorientación de la política liberal en Gran Bretaña que comenzó a finales de la década de 1880. Esta reorientación sentó las bases a nivel popular para el espectacular resurgimiento de los liberales con su triunfo aplastante en las elecciones de 1906. A medida que cambiaban de táctica para adoptar una postura más radical, mucho liberales comenzaron a considerar la cuestión del voto femenino bajo una nueva luz. Aunque los dirigentes liberales, Gladstone, Harcourt y más tarde Asquith, continuaron oponiéndose rotundamente al voto femenina, la reorientación de la política liberal desde la base produjo una actitud cada vez mas favorable hacia él ,entre los militantes.

Como parte de este proceso, las mujeres liberales empezaron a interesarse de modo más activo por el sufragio femenino. Inicialmente se encontraron con la oposición del movimiento sufragista establecido, el cual -como muchos grupos feministas moderados- opinaba que era importante conservar su propia neutralidad política, aun cuando la mayoría de sus miembros militasen en una parte concreta del espectro político.

En 1888 las sufragistas partidarias de la admisión de los grupos de mujeres liberales se separaron de la sociedad de Becker y fundaron la Central National Society for Women´s Sufrage. En 1889 se constituyó la Women´s Franchise League (liga pro sufragio de la mujer), estrechamente vinculada al Partido Liberal, que criticaba la "falta de valor y fe" de los sufragistas al limitarse (siguiendo la moda clásica de las feministas moderadas) a pedir el sufragio para las viudas y solteras con propiedades. La Liga pro Sufragio de la mujer pidió también el derecho al voto para la mujer casada.


En 1890 Becker Lydia murió y la sustituyó como presidente de la National Women´s Suffrage Society una mujer más radical y decidida, Millicent Garrett Fawcett. Estos hechos culminaron en 1897 con la unión de todas las sociedades sufragistas en la National Union of Women´s Suffrage Societes (Unión Nacional de sociedades pro Sufragio de la Mujer). Su programa era mucho más amplio que el de sus predecesoras, su número de afiliadas mayor, su base más amplia y su voluntad de emplear tácticas vigorosas e inventivas más firme. En 1897 eran dieciséis las sociedades miembros; a partir de 1903 comenzó una rápida expansión, aumentando el número de organizaciones de la NUWSS a setenta en 1909 y a más de cuatrocientas en 1913. Este rápido crecimiento no se debió únicamente a los esfuerzos de la NUWSS, pero que sin los cimientos puestos en la década de 1890 difícilmente habría sido posible.

La importancia de Gran Bretaña en el desarrollo del feminismo mundial sólo fue superada por la de Norteamérica. El teórico más importante de feminismo, John Stuart Mill, y la figura más influyente del feminismo moral internacional, Josephine Butler, fueron británicos. El feminismo británico, nacido en la década de 1850, y radicalizando prematuramente en la de 1860 y luego más completamente en la década de 1890, siguió una trayectoria no muy diferente de la de los movimientos feministas de otros países. Visto desde una perspectiva europea, el movimiento feminista británico era en la década de 1900 no sólo grande y vigoroso, sino también radical y próspero. A comienzos de 1910 su movimiento sufragista se había convertido en uno de los mayores del mundo. Sus tácticas, que influían frecuentes desfiles por las calles y manifestaciones de masas al aire libre, eran más atrevidas que las de cualquier otra organización feminista fuera de Estados Unidos. Disfrutaba de un grado de apoyo en la legislatura inigualado incluso en Norteamérica. Sin embargo, con respecto a la cuestión de los plenos derechos de sufragio para la mujer, no fue capaz de traducir este apoyo en resultados prácticos. Para dar con movimientos feministas europeos que lograran hacerlo, tenemos que buscar en otros lugares.




"Cuando los miembros antisufragistas del Gobierno critican la militancia de las mujeres, siempre me han parecido bestias salvajes reprochando a tiernos animalitos que se resistan con desespero al borde de la extinción"

Emmeline Pankhurst escribía esto en 1912, varias décadas después de haber desempeñado un papel decisivo en la fundación del movimiento sufragista británico, para convertirse en la fuerza más poderosa del feminismo de principios de siglo en Europa.

Bautizada como Emmeline Goulden el 14 de Julio de 1858 en Manchester, se convertía en señora Pankhurst al casarse en 1879 con el político Richard M. Pankhurst, uno de los promotores del movimiento por el reconocimiento del voto a la mujer. Era una niña de nueve años cuando un grupo de mujeres, entre las que se encontraban Dame Millicent, Garret Fawcett y Lydia Becker, fundaba la Sociedad Nacional para el Sufragio Femenino en 1867. Poco después llegaba a Londres para cursar estudios de enseñanza secundaria, y vivía en una habitación en Clemens Sun, junto al palacio de Justicia. Desde allí, cuando todavía era adolescente, empezó a enviar y proclamas a los periódicos y a participar en las manifestaciones de las primeras sufragistas.

Las pancartas con el lema "El voto a la mujer" se paseaban por las calles de la capital británica bajo la mirada vigilante de la policía y en medio de las burlas y críticas de los políticos. No sólo de los semanarios satíricos empezaron a dedicarle páginas al movimiento sino que hasta las Cámaras del Parlamento tuvieron a bien dedicar largas sesiones a tratar de ridiculizarlo. El veterano político Herbert Gladstone pidió en una ocasión que a los lores que procesaran y encarcelaran a Emmeline, mientras un coro de políticos de dos grandes partidos, conservador y liberal, pedía la ilegalización del movimiento alegando que provocaba escándalos callejeros.

El semanario satírico The Punch llegó a caricaturizar a Emmeline Pankhurst como un perro dogo con el sombrero de mujer. Nada más lejos de lo que se aprecia en el retrato de la líder sufragista en la National Portrait Gallery de Londres, en el que aparece como una mujer elegante y bella. Esposa de uno de los pocos políticos de la época que luchó por el voto femenino, su hogar fue durante mucho tiempo un pequeño ejército de activistas. Sus hijas, Christabel, Sylvia y Adela, se sumaron al movimiento y dieron continuidad a su lucha, convirtiendo a los Pankhurst en un foco de resistencia y punto de referencia obligado para las mujeres que reclamaban sus derechos, atrayendo la creciente atención sobre todo del público británico y, en general, del mundo anglosajón.


Pero Emmeline fue un eslabón en una cadena muy prolongada. Antes de que ella incluso hubiera nacido, Lucrecia Mott y Elizabeth Cady Stanton eran ya conocidas por su lucha a favor de la emancipación de la mujer. Pero sí fue la más combativa y la que marcaría el feminismo de principios de siglo Su primera victoria la obtuvo en 1894 al lograr el derecho al voto para la mujer casada en el ámbito municipal, lo que pede compararse con el hecho de que, por ejemplo, el sufragio universal masculino sólo se consiguió en la España de la Restauración bajo Sagasta en 1890, y en cuanto a libertades formales la monarquía del siglo pasado no iba por detrás de las demás naciones europeas.

Encargada de redactar el primer proyecto de ley sobre el voto feminista, en ese mismo año la sufragista iniciaba poco después su militancia en el partido Laborista, fundado al año siguiente.

Cada vez más frustrada por la oposición que encontraba incluso en sus compañeros de partido y la falta de apoyo en el Parlamento, Emmeline fundaba en 1903 la Women's Social and Political Union, que pronto contaría con más de 260.000 mujeres como afiliadas y simpatizantes.

Las sufragistas trataron de atraer la atención pública con largas marchas , piquetes, apedreamiento de escaparates e incluso algún que otro petardo de fabricación casera, lo que llevó a Emmeline y a sus hijas más de una vez a la cárcel.

Las apariciones de la líder feminista eran siempre sonadas. El discurso que pronunció cuando se la llamó a comparecer ante el Parlamento británico para exponer sus reivindicaciones fue casi tan apoteósica como su visita a Estados Unidos durante la I Guerra Mundial

Al regreso de EEUU, la señora Pankhurst se puso de nuevo al frente de la lucha por el voto, interrumpida durante la guerra. Al término de la contienda de 1914-1918, su combate culminaba con la concesión del voto a las mujeres británicas en 1928 tras haber sufrido persecuciones, haber sido encarceladas, atacadas y sufriendo gran cantidad de problemas.


-Mill, John Stuart (Londres, 1806-Aviñón, Francia, 1873) Filósofo y economista británico, hijo mayor del también filósofo, economista e historiador James Mill, que le sometió a un riguroso proceso educativo y a una férrea disciplina. Cuando cumplió los diecisiete años, su padre le buscó empleo en la East India Company, organismo del gobierno británico en el que él trabajaba y que se encargaba de administrar los asuntos de la India.

Paralelamente a sus tareas burocráticas en la East India Company, el pensador, escritor y político que fue Stuart Mill se dio a conocer en 1843 con la publicación de «Lógica», dos volúmenes en los que expone los principios de una teoría empirista del conocimiento. El éxito fue tal que le abrió el camino a la publicación de «Ensayos sobre algunas discutidas cuestiones de economía política»; pero fueron principalmente sus publicaciones posteriores, como «Principios de economia política» (1848), donde propugna un individualismo liberal socializante, regido por la moral utilitaria que busca el progreso de la humanidad, «Sobre la libertad» (1859) y «Pensamientos sobre la reforma parlamentaria» (1861), las que le consagraron como decidido defensor de la libertad en todos sus campos, libertad que reclamó sobre todo para las mujeres en «La servidumbre de la mujer» (1869).

A principios de 1865 tuvo ocasión de llevar sus teorías a la práctica, tras presentarse candidato a la Cámara de los Comunes y resultar elegido por tres años. Durante este período preconizó la intervención del Estado en favor de los desheredados, la modificación de la propiedad y la formación de cooperativas de producción, y, sobre todo, fue un acérrimo defensor de la liberalización política de la mujer y de su derecho al voto. Basándose en la moral utilitaria de carácter social, como puso de manifiesto en «Utilitarismo» (1861), que busca la mayor felicidad del mayor número de personas, encuentra el fin último de las aspiraciones humanas en el placer que proporciona lo útil.

-Gladstone, William Ewart (Liverpool, 1809-Hawarden, Flintshire, 1898) Político británico. Aristócrata de origen escocés, tory y ferviente anglicano, fue ministro de Comercio (1843-1845) y de Colonias (1845-1846) del Gobierno de Robert Peel. Posteriormente abandonó sus creencias religiosas y aristocráticas y entró en el Partido Liberal. Ministro de Finanzas (1852-1855 y 1859-1866), prosiguió su defensa del librecambismo, que ya realizó anteriormente como tory. Jefe de Gobierno (1868-1874), aprobó las primeras medidas reformistas en Irlanda (desnacionalización de la Iglesia anglicana, reforma agraria de 1870) y la Ley Forster de educación nacional (1870). De nuevo primer ministro en 1880-1885, se encontró con un mayor autoritarismo de la reina Victoria y un menor entusiasmo de los propios liberales. En 1884 aprobó una nueva ley electoral. Puso fin a la presencia británica en Afganistán y África del Sur (1881), pero intervino en Egipto (1882). Prosiguió su política de reformas en Irlanda con una nueva ley agraria (1881) y el compromiso con el nacionalista irlandés Charles Stewart Parnell, partidario de disponer de un Parlamento en Dublín (Kilmainham Treaty, 1882). El proyecto de autonomía del Home Rule (1886) para Irlanda provocó la división del Partido Liberal y la caída de su Gobierno. En una tercera etapa como primer ministro (1892-1894) centró todos sus esfuerzos en la aprobación del Home Rule, pero fue derrotado de nuevo en la Cámara de los Lores (1893).

Trabajo Realizado por:
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12 de Junio del 2000

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