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Manuel,
el hijo de Yvonne, nació el día de Nochebuena de 1990.
Cuando llegó el parto, la madre estaba sola. Manuel da Silva,
el padre, trabajaba en alta mar. Quizá a esa hora estaba peleando
con un frío correoso en el túnel de hielo del congelador Manolo
María. Quizá la brújula, como una sarcástica ruleta, les
había orientado hacia el mar de Cabo Verde, detrás del pez
espada. Le tuvieron que hacer una cesárea, pero Yvonne Pereira
estaba también desgarrada por el recuerdo, uno de esos dolores
que emiten señales que los demás no pueden percibir. Tenía
otros tres hijos. Los podía oír, pero sabía que aquella pared
que la separaba de ellos, de Nené, Nelo y Emilio, tenía miles
de kilómetros. Un muro que llegaba hasta Porto Mosquito, en
la isla de Santiago, la mayor y más poblada de Cabo Verde.
Cuando
estaba embarazada de Manuel, en la diáspora, notaba el peso
en el vientre, pero también sobre los hombros y la espalda.
En la antigüedad, algunos sabios discutían sobre el peso del
alma. En Cabo Verde existe una medida precisa: la sodade
(saudade). La saudade es la materia prima de la
morna, un canto nacido de la emigración, un arte del
adiós, que se ha hecho melancolía universal en la voz de Cesaria
Évora, la dama de los pies descalzos:
“¿Quién
te mostró
Este camino lejano?
Sodade, sodade, sodade…
Si tú me escribes
Yo te escribiré
Si tú me olvidas
Yo te olvidaré
Hasta el día que vuelvas”.
Por
cierto, que uno de los más célebres autores de mornas,
Eugenio de Paula Tavares, fallecido en 1930, era hijo de portugués
y española. Fue un gran poeta del amor y un periodista corajudo.
Por sus ideas republicanas, tuvo que huir, disfrazado de mujer,
a Estados Unidos. En Nova Sintra, dice una placa en su honor:
“Allí en los confines siderales, brillan astros singulares,
pero en la tierra brilla uno para siempre, Eugenio Tavares”.
Pero
estábamos hablando de Yvonne. De una morna contemporánea,
de una mujer real, una noche de parto de una inmigrante solitaria,
a miles de kilómetros de Cabo Verde, donde sus otros hijos
a la espera de los papeles, varados por la burocracia. A veces,
el sentimiento adquiere un peso excesivo y entonces se dice:
“Tengo una saudade que se sale de la medida”. Así nace
una morna, el lado inmedible de la tristeza. Y eso
fue lo que sintió Yvonne aquella Nochebuena, cuando, después
de parir, le dijo rotunda al médico que la atendía: “¡No quiero
tener más hijos!”.
El
belén lluvioso donde nació Manuel se llama Burela. Durante
algún tiempo, a Yvonne, que ahora sonríe como una gioconda
negra, y abre el aparador, donde hay un estante con una gran
enciclopedia y fotos de los niños y un retrato del Papa de
Roma, y surge una despensa prodigiosa, ¡Cabo Verde a la vista!,
de bolaza (galleta), xerem (maíz menudo), café-café,
y te ofrece también probar grogue, el licor de la caña
de azúcar; pues bien, a Yvonne, que en Cabo Verde, desde niña,
hacía cerámica, algo que sólo hacen las mujeres, el torno
es su propio cuerpo, que gira y gira; a Yvonne, digo, al principio
de su estancia, todo en Burela le parecía extraño y sombrío.
Su cabeza giraba sobre el vacío. La saudade se salía
de la medida. Tenía el peso del mundo. Arrastraba los pies.
Hasta que consiguió los medios y los papeles para traer a
sus hijos y reunir, por fin, a la familia.
Entonces,
la ‘saudade’ dejó paso al fumaná, que es un baile
frenético, una danza del torno del cuerpo, de la pelvis, con
música de acordeón diatónico y el filo de un cuchillo que
rasga una barra de hierro. Y al batuque. El batuque
es a la vez un ritmo, un canto y un ritual. Fue, en su origen,
una expresión de los esclavos. Tiene el sello, como tantos
otros estremecimientos musicales, de la humanidad que se sobrepone
a la intemperie. Se cuenta que a los amos no les chistaba
esa percusión carnal y la tenían prohibida. Sólo lo interpretan
mujeres, colocadas en rueda. Y el instrumento es el más insólito
y sencillo que una pueda imaginarse: un paño húmedo, enrollado,
sujeto con los muslos. Lo más usual es una toalla envuelta
en plástico. El sonido alcanza la rara intensidad de un tambor
nacido del cuerpo. Y va acompañado de letras que hablan de
cosas reales. Yvonne y otras 10 mujeres caboverdianas formaron
en Burela el grupo Batuko Tabanka. Tocan en celebraciones
de la comunidad inmigrante, pero también en fiestas por Galicia
adelante, y pronto aparecerán en un disco de Os Diplomáticos
de Monte Alto, introduciendo un nuevo latido en el más allá
del rock gallego. Cuando suena el batuque, el paisaje
de Burela se despereza. Cambia el clima. Se abre una claraboya
en el cielo. Aparece una nueva isla en el mapa.
Cabo
Verde es un país africano y atlántico, al sur de las Canarias
y al oeste de Senegal, formado por 10 islas. Colonizado por
el reino portugués en el siglo XV, fue, por su ubicación,
un centro mundial del comercio de esclavos. Cuna de Amílcar
Cabral, el liberador africano que tenía un tantán en la garganta,
alcanzó la independencia en 1975. La lengua popular es el
crioulo, mezcla de portugués y hablas africanas. La
mayoría de la población es católica a su manera. Sus expresiones
culturales tienen ese sello especial de las islas esponja,
donde todo termina por mezclarse y renace distinto. El régimen
unipartidista que siguió a la independencia ha dejado paso
a un sistema plural. La gente tiene fama de ser muy tranquila.
Sólo hay un inconveniente que altera los nervios del pueblo
más tranquilo: la memoria del hambre. La temperatura media
es de 24 grados. Si lloviese con sabiduría, sería un vergel.
Hay años en que el paisaje reverdece y el maíz germina hasta
en la cima de las montañas. Pero es un país pobre, castigado
por las sequías, la bruma seca de polvo de arena que traen
los vientos del Sáhara, y las aguas torrenciales que agravan
la aridez. Tiene mucha riqueza en el mar, pero la mayoría
de los pescadores faenan en pequeñas barcas. La natalidad
es alta. Allí viven unas 400.000 personas.
Otros
tantos caboverdianos viven en la emigración, establecidos,
sobre todo, en América del Norte y Europa. A Estados Unidos
llegaron primero enrolados en balleneros. Encontraron una
oportunidad en el campo. Luego, en mayor número, en la industria
textil y colchonera. Así que lugares como New Bedford o Brocton
forman parte de una toponimia íntima. Cuando la ruta americana
se complica, la necesidad apunta hacia Europa. Portugal, Holanda,
Francia o Suiza y, desde hace algunos años, también España.
Zaragoza, Bembibre… Burela.
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Italo
Calvino escribió una hermosa geografía sobre ciudades invisibles.
¿Sabe usted dónde está Burela? No, seguramente no. Pero en
Porto Rincão, en Santa Catarina, en Tarrafal, en Porto Mosquito,
en la feria de Assomada, en Praia, en la isla de Santiago,
capital de Cabo Verde, todo el mundo sabe donde está Burela.
Es un lugar muy especial en la emigración. Es, en cierta forma,
una undécima isla. Una isla invisible, lejana, de geología
humana. Para ellos, comenzó a emerger hace unos 25 años. Al
norte de Galicia, en la costa de Lugo. Allí, todos los hombres
caboverdianos trabajan en el mar. Embarcados en campañas que
pueden durar meses. Muchas veces, faenan cerca de Cabo Verde.
Pueden divisar a compañeros de infancia luchar contra el gran
pez en los frágiles botes. Incluso pueden recalar en Mindilo,
conocer el local donde canta Cesaria, pero quizá la sodade
ya reside en otro lugar. Allí donde viven sus familias. Son
pescadores de Burela.
Si
en Burela se acuñase moneda propia, debería tener grabados
en el anverso un bonito y en el reverso un pez espada. La
pesca industrial ha convertido la antigua aldea en una ciudad
balbuciente, donde las construcciones crecen y se aglomeran
con impaciencia. En 1975, Burela tenía unos 2.000 habitantes
y ni siquiera era municipio. Ahora, la población, con un alto
número de transeúntes, rebasa los 10.000. La hipotética moneda
podría estar bañada con el brillo rápido del aluminio, no
en vano la gran planta de Alúmina, en el cercano San Ciprián,
es el otro bastión de un súbito despegue que cambió la vida,
dejando atrás, casi sepultada, una memoria de campesinos,
pescadores artesanos y emigrantes. Una memoria gallega que,
cuando no está afectada por el virus del olvido, podría entrelazarse
con la de Cabo Verde. En la costa lucense todavía se distingue
la arquitectura de las casas de indianos, los emigrantes que
hicieron fortuna en América, con las palmeras alzadas como
blasones triunfales en el jardín. En Cabo Verde también existe
la figura del americano, del emigrante que volvió para casarse
y levantar una casa con poderío. Pero la historia real de
la emigración, antes como ahora, tiene poco que ver con el
guión de una fantasía.
Los
pescadores suelen jubilarse a los 55 años. Alvarinho Tote,
nacido en 1940, casado, con seis hijos, estaba convencido
de que este año iba a culminar por fin su sueño. El de vivir
con su mujer en Cabo Verde, no en una de americano, pero sí
en una casa decente. Dos de sus hijos, Simón y Joan, también
son tripulantes de pesqueros de Burela. Cuando hablé con Tote,
Joan llevaba cinco meses seguidos en el mar, trabajando en
el túnel. Lo último que sabía de él es que habían descargado
en Perú. Y aquí vive su hija Santinha. Otra, en Zaragoza.
Le quedan dos en la isla de Santiago. Quizá había llegado
el momento de reposar la cabeza y abrir, como se suele decir,
el libro de la vida a alguno de sus 32 nietos. Contarles,
por ejemplo, la época de los morgados, de los señores
de la tierra, de su infancia campesina, de la impresión que
le causaba ver al amo hablarles montado en la grupa del caballo
y con la cazadeira (la escopeta) siempre en ristre.
Hablarles de las hambrunas de los años cuarenta, cuando muchedumbres
de muertos vivientes vagaban por la isla. Relatarles cómo
abrían camino bajo tierra, en jornadas de día y noche, para
el Metro de Lisboa. Y narrar, por fin, cómo llegó a Burela
y trabajó en el mar durante más de 20 años seguidos. Todo
parecía en regla para la jubilación. Pero el tranquilo Tote,
él, que nunca enfermó en el mar, empezaba a sentirse nervioso.
Llevaba meses esperando que se tramitara su caso sin cobrar
un duro, ni el paro. Mientras tanto, en el piso de Burela,
cocinaba, porque tiene buena mano, para jóvenes caboverdianos
a la espera de la cartilla de embarque. Por fin le llegó una
respuesta. En el cómputo, aún le faltaban meses. Tenía que
volver al mar. Y Tote Alvarinho no discutió nada con los tipos
de los papeles. Bajó al muelle con lo puesto y pidió embarcarse
de nuevo. Por ahí andará tras el pez espada, quizá cerca de
Cabo Verde.
Tote
es uno de los históricos caboverdianos enrolados en la flota
de Burela.
“Mar
é nós distino”. El mar es nuestro destino.
En
realidad, los primeros inmigrantes no llegaron buscando un
barco de pesca. No es un buen destino para nadie. La eficacia
de la flota gallega reside en el factor humano. Pese a la
leyenda del mar, en la que son diestros armadores, políticos
y poetas que nunca pisaron una cubierta de un pesquero en
alta mar, cada vez resulta más difícil que se enrolen tripulantes
gallegos. Se habla mucho del problema de la pesca, se lanzan
soflamas patrióticas contra la UE, pero nada del problema
de los pescadores. De los bajos salarios, de las condiciones
brutales en que se trabaja.
Los
pioneros de Cabo Verde en la costa de Lugo llegaron contratados
para trabajar en la construcción de la planta de Alúmina,
en los años 1977 y 78. Ninguno de aquellos hombres obtuvo
más tarde empleo en la fábrica. Lo que sí ocurrió fue un desplazamiento
en la mano de obra local. Todo aquel que pudo dejó el tormento
del mar por un empleo en tierra. La flota de Burela crecía
con ímpetu. El nido de pescadores se había transformado en
uno de los puertos pesqueros más importantes del norte de
España.
En
Bembibre (León), los caboverdianos bajaron a las peores
minas, al submundo de los chamizos. En Burela se subieron
a los barcos para afrontar las más duras y largas campañas.
Los espacios límite de la inmigración.
Los
que estaban casados trajeron a sus mujeres, y, cuando pudieron,
a sus hijos. La isla invisible se fue poblando. Muchos de
ellos ya han nacido aquí. Como Manuel, el del día de Nochebuena.
O Víctor, el hijo pequeño de Marizinha, que nació en un taxi,
de camino, en Mondoñedo, porque hasta hace poco había que
ir a parir a Lugo, a 100 kilómetros. Aunque, en historias
de partos, me llamó mucho la atención la de Antonina. Le dijo
al médico: “No puedo parir, que tengo mucho trabajo”. Y era
verdad que tenía mucho trabajo. Ha trabajado de limpiadora,
de cocinera de restaurante y ahora cuida ancianos. Los cuida
de tal forma que, cuando están enfermos, duerme con ellos
en el hospital. Antonina es, ella sola, un servicio público.
Y le pasan cosas muy curiosas. En una ocasión, en Lugo, una
mujer se le quedó mirando, era la primera negra que veía en
su vida. Y le dijo: “¿Puedo darle un beso?”. Y Antonina le
contestó: “No”.
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