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La
‘saudade’ se lleva por dentro. Tam-bién la dimensión de los
sueños. No escucharás un lamento. Es difícil encontrar un
inmigrante iluso. Cuando llega un nuevo caboverdiano, un nuevo
pescador para Burela, no demora su marcha al mar. Lo que le
trastorna es estar encerrado en un piso por el retraso en
los papeles de embarque. Joan Oliveira, padre de cinco hijos,
consiguió emigrar a los 30 años, el 28 de diciembre de 2000.
En la isla invisible todos se conocen por el nominho,
el alias, nada de apellidos, así que Joan Oliveira es Latino.
“Desde que tenía 18 años, soñaba con marchar. Lo intenté una
y otra vez. Pescaba con un pequeño bote, pero no había forma
de mejorar. En Porto Rincón no tenemos ni una rampa para el
pescado. Había una fábrica de hielo, pero no funcionaba. La
electricidad no alcanza para la mitad del pueblo. Esto no
es lo que pensabas, pero te encuentras bien. El caboverdiano
es respetado porque trabaja con fuerza, con moral, no tiene
miedo al trabajo”. En el barco de Latino trabajan tres caboverdianos,
dos portugueses, un peruano y seis gallegos. Las relaciones
son buenas, en el barco y en el pueblo, pero no deja de llamarle
la atención el lenguaje duro, las abundantes blasfemias, en
la forma de expresarse el español: “El portugués es más elegante”.
Latino
lleva dos piezas de oro. Un anillo y un gran colgante con
el rostro de Cristo. Las alhajas son símbolos para el inmigrante
de Cabo Verde. Es la forma de expresar que se prospera. Nadie
puede llevar un cochazo al archipiélago.
En
la llamada aldea global, puedes entrar en la página web
de Santa Claus pero es muy difícil comunicar con Porto Rincao,
donde sólo hay un teléfono, que suena o no suena.
Por
la isla invisible circula un vídeo. Luzía Fernández, una antropóloga
que trabaja desde hace años en la integración de los inmigrantes
en Burela, viajó a Cabo Verde, recorrió caminos intransitables,
y fue grabando mensajes de las familias.
Cantan,
bailan, ríen y lloran para ellos.
La
madre: “Latino: toda la noche sueño contigo, no me dejas dormir,
¿por qué no llamas?”. Pero Latino ya está en el mar.
En
la precipitada expansión urbana de Burela, quedó oculto entre
medianeras un archipiélago de huertas sin manos, marchitas
o cubiertas de maleza. Huertas convertidas en solares improductivos,
a la espera de la hormigonera y la grúa. Ahora ha vuelto a
cantar la tierra sonámbula. Canta en crioulo. Reviven
los cultivos. El maíz con su sutás de habas, las zapatinhas
(judías), la parentela toda de legumbres, tubérculos y verduras.
En uno de esos solares recuperados charlamos con Mariazinha
Tavares y Dezideria Gonçalves. Tienen un humor de campesinas
gallegas, como si la retranca se contagiara con la tierra.
Alguien les pregunta si les gustaría que una hija suya se
casara con un blanco. Y Dezideria contesta: “¿Y tú qué piensas?”.
A
la isla invisible, en la maleta del inmigrante, llegan pertenencias
que tampoco se ven. Cosas muy importantes. Recuerdos, como
el hermoso canto en la noche de un pájaro llamado cagarro.
El primer baile de funaná en el Liceo Dance. Los colores
de una barca: rojo, blanco, azul. Un árbol centenario, el
obaobad. La música y las palabras de la tribu. Sabores como
el guiso de gachupa. Picardías: “Comeré cada grano
de tu cuscús”. Pero también tradiciones que, de repente, adquieren
la utilidad de la mejor herramienta.
Una
de esas costumbres es el yuntamon (unir las manos).
El apoyo mutuo.
Las
mujeres hacen yuntamon para alquilar huertas baldías
y cultivarlas. Para cuidar los críos de las que hacen otro
trabajo. Para organizar las celebraciones. Para ayudar monetariamente
a quien tiene un apuro. Para peinarse: diez manos trenzan
a velocidad de vértigo un complicado peinado afro. Para tocar
el tabuque, que es una forma de terapia colectiva.
Pero
también hay otro detalle muy importante. Son las mujeres que
las tienden hilos y zurcen las relaciones con la comunidad,
con toda la gente de Burela. Son las interlocutoras ante las
instituciones. Las pacientes gestoras en el laberinto burocrático.
Las que hacen frente a situaciones absurdas: Hasta hace pocos
años los caboverdianos no figuraban en el censo. Y niños españoles,
nacidos en España, estaban en una especie de limbo apátrida
por ser hijos de inmigrantes. Te cuentan historias bastante
bochornosas de burócratas negligentes o xenófobos. Muchas
de esas mujeres, las casadas con marineros, tienen que ejercer
también de padres, como suele ocurrir en las familias del
mar. Y eso las hermana, ya de entrada, con las otras mujeres
de pescadores de Burela. “Nadie se pregunta de dónde has venido,
de qué color es tu piel, cuando se comparte la angustia de
una espera en el muelle, bajo la lluvia y el frío”.
Hubo
un intento de crear empleos para las mujeres caboverdianas
alrededor de la pesca, como rederas. No salió adelante, como
tampoco otras alternativas previstas en un plan de integración
denominado Proyecto Bogavante, que dirigió Luzía Fernández.
Ella, a sus 31 años, no es una antropóloga en Marte. Se ha
implicado totalmente en el trabajo con la comunidad inmigrante.
Es muy crítica con la imagen idílica de una “integración perfecta”
divulgada por las autoridades municipales y autonómicas sobre
la situación en Burela. “No interesa realmente que los grupos
se organicen y tomen decisiones e iniciativas por sí mismos.
Comprobé el poco interés que hay en los despachos del poder
por resolver los problemas reales de los inmigrantes”. Ella
pone dos ejemplos que cuestionan esa imagen idílica: El fracaso
escolar en la segunda y tercera generación de emigrantes y
la inexistencia de matrimonios o parejas mixtas después de
tantos años de la llegada de los primeros inmigrantes.
Ahora,
Luzía Fernández, una persona clave en la emersión de la isla
invisible, enseña un curso de crioulo y cultura caboverdiana
para los profesores de los centros públicos de la comarca.
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La
Iglesia, como la enseñanza, es un espacio fundamental
de encuentro. Ya se dijo que los caboverdianos son muy católicos.
Bueno, como los gallegos. En quien más confían, a juzgar por
las invocaciones en las misas, es en los santos intermediarios
y en la Madre de Dios. De todas formas, el párroco, Ramón
Marful, 63 años, que es también arcipreste de la comarca,
no es el más optimista del lugar. Se queja de la indiferencia
de las autoridades y de las clases más favorecidas. Y entre
los sordos incluye a los altos cargos eclesiásticos. La última
puerta a la que llamar para inmigrantes en apuros o marginados
es la de la iglesia: “Y no tenemos medios para atenderlos”.
Mientras
muestra con orgullo en el álbum de fotografías de los monaguillos
y cita por su nombre a los niños caboverdianos, el párroco
va hilvanando un diagnóstico: “No se hace política social
porque ahora no da votos. La sensibilidad sería distinta si
la inmigración tuviera voto”.
Hoy,
Yvonne y sus compañeras, como Jacinta y Alejandra, han hecho
yuntamon, han unido las manos para recoger algas en
el litoral, destinadas a la fabricación de productos de maquillaje
o medicinales. Cargan con los fardos por las rocas, los suben
por una cuesta empinada. Cae una llovizna y las gotas se confunden
con el sudor en la cosmética natural de las caras. Llenan
el remolque del camión, son unas cinco toneladas, pero el
comprador las desilusiona. ¡Ah si estuviesen secas! Secas
podría pagarles hasta el equivalente a 50 pesetas el kilo.
Pero así, mojadas, serán nueve pesetas. Tendrían que buscar
un terreno para un secadero. Ellas ni siquiera intentan un
regateo. Se ríen de cansancio. ¡Han llenado el camión! Sí,
habría que buscar un secadero. El que está serio es Manuel.
Aquel chaval nacido el día de Nochebuena ha venido a ayudar
a su madre y contaba con una paga mayor. Tiene ya 12 años.
Juega al fútbol en los infantiles del Burela. Golpea un balón
imaginario en el aire. Le gusta Kluivert, el jugador del Barça.
Tiene su pelo rizado.
–Pues
te pareces a Kluivert.
Sopesa la observación. Se encoge de hombros.
–A veces, en el campo, me llaman Macaco.
–Ni puto caso.
–¡Psssh! Me da igual.
Manuel
no tiene problemas de nacionalidad. Es español, es caboverdiano,
es gallego. En cuanto a identidades culturales, además del
fútbol de Kluivert, por ahora le gusta el cachondeo latino
de Chayane y los puños de Van Damme. Como a todos. Como a
mí. Si le insisten, tal como se haría en una de esas encuestas
pelmas sobre el sentimiento de pertenencia, Manuel lo tiene
claro: “¡Soy de Burela!”.
El
hermano de Manuel, Emilio, que tiene 18 años, y también juega
al fútbol, no cree en la profecía poética convertida en fatalidad:
Nuestro destino es el mar. Al menos, le gustaría incumplirla.
Ha hecho un curso de jardinería y le gustaría encontrar trabajo
en tierra, como a cualquier joven de su edad en Burela. Como
a David. Fue estos años el gaitero más célebre de la comarca.
Como dice él, “el primer gaitero de color”. Alguna vez tuvo
que escuchar de algún patán: “¡Que le den una gaita blanca!”.
Pero, en general, fue una experiencia provechosa. “Un buen
rollo”. De algunos pueblos llamaban a propósito, para que
tocara la gaita David. Hizo primero de FP de Hostelería, lo
dejó por un trabajo en una pizzería, y ahora lleva con un
socio un pequeño pub. Pero su objetivo es hacer un curso de
guardia jurado en Barcelona. Dicen que en la seguridad privada
hay futuro. No quiere saber nada de trabajar en la pesca.
Sabe lo que significa el mar. Su padre, Isidro, y su hermano
mayor, Ricardo, llevan meses fuera, en el barco. Siente que
el mar le robó a su padre.
David
es hijo del único matrimonio mixto que reside en Burela. En
Cabo Verde, como en Galicia, como en todas partes, gustan
mucho las telenovelas brasileñas. Y la historia de Isidro
y Antonia se merecería una. Ella vivía con sus padres en Andorra
(Teruel). Conoció a Isidro cuando era una adolescente y se
enamoró de él. “Me gustaba porque era guapo y por lo amable
que era, por lo educado”. Él había emigrado desde Cabo Verde
y encontró trabajo en la construcción de una térmica.
La
pareja escapó un fin de semana. Fue en 1978. “Llevábamos unos
meses saliendo a escondidas y lo hicimos adrede, para que
nos dejasen ser novios. Más tarde, mi madre me contó que ella
y mi padre tuvieron que hacer lo mismo, escaparse para que
los dejasen tranquilos. Pero eso me lo contó después. Porque,
en principio, pusieron una denuncia. A Isidro lo detuvieron
y a mí me preguntó el juez: ‘¿Tú lo quieres?’. Sí. ‘¿Te llevó
a la fuerza?’. No. Le dije a mi madre que estaba embarazada.
Y, claro, empezaron las habladurías, los disparates. Una señora
me dijo que tendría un hijo de dos cabezas. Nos casamos. Nació
el niño y no tenía dos cabezas: Ricardo era un niño guapísimo.
Y, bueno, mis padres felices. ‘Negrico, negrico’, le decía
mi padre. Pero Isidro se quedó sin trabajo. No emplearon a
ningún negro en la térmica. Y entonces nos fuimos a Bembibre,
a León. Allí trabajó durante siete años en un chamizo del
carbón. La primera semana perdió nueve kilos. Tuvo un accidente,
y lo hicieron volver con la herida abierta. Yo me enfrenté
al médico y él me dijo: ‘¿Piensa que soy inhumano?’. No, le
dije, no existe nombre para lo que es usted. Trabajó allí
durante siete años, como picador, hasta que enfermó de bronquitis.
No podía bajar a la mina. En Bembibre nació David. Y por fin
nos vinimos para aquí. Era el trabajo que aparecía. Ir al
mar. E Isidro dijo: ‘Si hay que hacerlo, se hace’. Aquí, en
Burela, nació Aarón, el pequeño, el más mimado. Problemas,
problemas… Bueno, en Bembibre, al buscar una casa para alquilar,
el dueño se me insinuó, pensaba que, como estaba casada con
un hombre negro, pues era una mujer más fácil o algo así.
Isidro quería partirle la cara”.
“A
mí lo que diga la gente me da igual, pero ¡las miradas! ¡Hay
miradas, chico, asquerosas! ¡Lo que ha tenido que aguantar
David por ir sentado conmigo en el autobús! Miradas que te
están diciendo: ‘¡Mira esa el novio que se ha echado!’. Y
quien está sentado conmigo es mi hijo. Una vez, en la calle,
un tipo se nos quedó mirando como un bobo, y se pegó contra
un muro. Bueno, te ríes y ya está. A mí la felicidad no me
la van a quitar”.
Y
David también ríe: “En el autobús ya me cambio de sitio. Que
vaya sola. ¡Yo soy de Burela, tío!”.
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