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    EL PAÍS SEMANAL
    Domingo 27 de octubre de 2002
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AFROGALLEGOS » PÁGINA DOS

La ‘saudade’ se lleva por dentro. Tam-bién la dimensión de los sueños. No escucharás un lamento. Es difícil encontrar un inmigrante iluso. Cuando llega un nuevo caboverdiano, un nuevo pescador para Burela, no demora su marcha al mar. Lo que le trastorna es estar encerrado en un piso por el retraso en los papeles de embarque. Joan Oliveira, padre de cinco hijos, consiguió emigrar a los 30 años, el 28 de diciembre de 2000. En la isla invisible todos se conocen por el nominho, el alias, nada de apellidos, así que Joan Oliveira es Latino. “Desde que tenía 18 años, soñaba con marchar. Lo intenté una y otra vez. Pescaba con un pequeño bote, pero no había forma de mejorar. En Porto Rincón no tenemos ni una rampa para el pescado. Había una fábrica de hielo, pero no funcionaba. La electricidad no alcanza para la mitad del pueblo. Esto no es lo que pensabas, pero te encuentras bien. El caboverdiano es respetado porque trabaja con fuerza, con moral, no tiene miedo al trabajo”. En el barco de Latino trabajan tres caboverdianos, dos portugueses, un peruano y seis gallegos. Las relaciones son buenas, en el barco y en el pueblo, pero no deja de llamarle la atención el lenguaje duro, las abundantes blasfemias, en la forma de expresarse el español: “El portugués es más elegante”.

Latino lleva dos piezas de oro. Un anillo y un gran colgante con el rostro de Cristo. Las alhajas son símbolos para el inmigrante de Cabo Verde. Es la forma de expresar que se prospera. Nadie puede llevar un cochazo al archipiélago.

En la llamada aldea global, puedes entrar en la página web de Santa Claus pero es muy difícil comunicar con Porto Rincao, donde sólo hay un teléfono, que suena o no suena.

Por la isla invisible circula un vídeo. Luzía Fernández, una antropóloga que trabaja desde hace años en la integración de los inmigrantes en Burela, viajó a Cabo Verde, recorrió caminos intransitables, y fue grabando mensajes de las familias.

Cantan, bailan, ríen y lloran para ellos.

La madre: “Latino: toda la noche sueño contigo, no me dejas dormir, ¿por qué no llamas?”. Pero Latino ya está en el mar.

En la precipitada expansión urbana de Burela, quedó oculto entre medianeras un archipiélago de huertas sin manos, marchitas o cubiertas de maleza. Huertas convertidas en solares improductivos, a la espera de la hormigonera y la grúa. Ahora ha vuelto a cantar la tierra sonámbula. Canta en crioulo. Reviven los cultivos. El maíz con su sutás de habas, las zapatinhas (judías), la parentela toda de legumbres, tubérculos y verduras. En uno de esos solares recuperados charlamos con Mariazinha Tavares y Dezideria Gonçalves. Tienen un humor de campesinas gallegas, como si la retranca se contagiara con la tierra. Alguien les pregunta si les gustaría que una hija suya se casara con un blanco. Y Dezideria contesta: “¿Y tú qué piensas?”.

A la isla invisible, en la maleta del inmigrante, llegan pertenencias que tampoco se ven. Cosas muy importantes. Recuerdos, como el hermoso canto en la noche de un pájaro llamado cagarro. El primer baile de funaná en el Liceo Dance. Los colores de una barca: rojo, blanco, azul. Un árbol centenario, el obaobad. La música y las palabras de la tribu. Sabores como el guiso de gachupa. Picardías: “Comeré cada grano de tu cuscús”. Pero también tradiciones que, de repente, adquieren la utilidad de la mejor herramienta.

Una de esas costumbres es el yuntamon (unir las manos). El apoyo mutuo.

Las mujeres hacen yuntamon para alquilar huertas baldías y cultivarlas. Para cuidar los críos de las que hacen otro trabajo. Para organizar las celebraciones. Para ayudar monetariamente a quien tiene un apuro. Para peinarse: diez manos trenzan a velocidad de vértigo un complicado peinado afro. Para tocar el tabuque, que es una forma de terapia colectiva.

Pero también hay otro detalle muy importante. Son las mujeres que las tienden hilos y zurcen las relaciones con la comunidad, con toda la gente de Burela. Son las interlocutoras ante las instituciones. Las pacientes gestoras en el laberinto burocrático. Las que hacen frente a situaciones absurdas: Hasta hace pocos años los caboverdianos no figuraban en el censo. Y niños españoles, nacidos en España, estaban en una especie de limbo apátrida por ser hijos de inmigrantes. Te cuentan historias bastante bochornosas de burócratas negligentes o xenófobos. Muchas de esas mujeres, las casadas con marineros, tienen que ejercer también de padres, como suele ocurrir en las familias del mar. Y eso las hermana, ya de entrada, con las otras mujeres de pescadores de Burela. “Nadie se pregunta de dónde has venido, de qué color es tu piel, cuando se comparte la angustia de una espera en el muelle, bajo la lluvia y el frío”.

Hubo un intento de crear empleos para las mujeres caboverdianas alrededor de la pesca, como rederas. No salió adelante, como tampoco otras alternativas previstas en un plan de integración denominado Proyecto Bogavante, que dirigió Luzía Fernández. Ella, a sus 31 años, no es una antropóloga en Marte. Se ha implicado totalmente en el trabajo con la comunidad inmigrante. Es muy crítica con la imagen idílica de una “integración perfecta” divulgada por las autoridades municipales y autonómicas sobre la situación en Burela. “No interesa realmente que los grupos se organicen y tomen decisiones e iniciativas por sí mismos. Comprobé el poco interés que hay en los despachos del poder por resolver los problemas reales de los inmigrantes”. Ella pone dos ejemplos que cuestionan esa imagen idílica: El fracaso escolar en la segunda y tercera generación de emigrantes y la inexistencia de matrimonios o parejas mixtas después de tantos años de la llegada de los primeros inmigrantes.

Ahora, Luzía Fernández, una persona clave en la emersión de la isla invisible, enseña un curso de crioulo y cultura caboverdiana para los profesores de los centros públicos de la comarca.

 

 

 

La Iglesia, como la enseñanza, es un espacio fundamental de encuentro. Ya se dijo que los caboverdianos son muy católicos. Bueno, como los gallegos. En quien más confían, a juzgar por las invocaciones en las misas, es en los santos intermediarios y en la Madre de Dios. De todas formas, el párroco, Ramón Marful, 63 años, que es también arcipreste de la comarca, no es el más optimista del lugar. Se queja de la indiferencia de las autoridades y de las clases más favorecidas. Y entre los sordos incluye a los altos cargos eclesiásticos. La última puerta a la que llamar para inmigrantes en apuros o marginados es la de la iglesia: “Y no tenemos medios para atenderlos”.

Mientras muestra con orgullo en el álbum de fotografías de los monaguillos y cita por su nombre a los niños caboverdianos, el párroco va hilvanando un diagnóstico: “No se hace política social porque ahora no da votos. La sensibilidad sería distinta si la inmigración tuviera voto”.

Hoy, Yvonne y sus compañeras, como Jacinta y Alejandra, han hecho yuntamon, han unido las manos para recoger algas en el litoral, destinadas a la fabricación de productos de maquillaje o medicinales. Cargan con los fardos por las rocas, los suben por una cuesta empinada. Cae una llovizna y las gotas se confunden con el sudor en la cosmética natural de las caras. Llenan el remolque del camión, son unas cinco toneladas, pero el comprador las desilusiona. ¡Ah si estuviesen secas! Secas podría pagarles hasta el equivalente a 50 pesetas el kilo. Pero así, mojadas, serán nueve pesetas. Tendrían que buscar un terreno para un secadero. Ellas ni siquiera intentan un regateo. Se ríen de cansancio. ¡Han llenado el camión! Sí, habría que buscar un secadero. El que está serio es Manuel. Aquel chaval nacido el día de Nochebuena ha venido a ayudar a su madre y contaba con una paga mayor. Tiene ya 12 años. Juega al fútbol en los infantiles del Burela. Golpea un balón imaginario en el aire. Le gusta Kluivert, el jugador del Barça. Tiene su pelo rizado.

–Pues te pareces a Kluivert.
Sopesa la observación. Se encoge de hombros.
–A veces, en el campo, me llaman Macaco.
–Ni puto caso.
–¡Psssh! Me da igual.

Manuel no tiene problemas de nacionalidad. Es español, es caboverdiano, es gallego. En cuanto a identidades culturales, además del fútbol de Kluivert, por ahora le gusta el cachondeo latino de Chayane y los puños de Van Damme. Como a todos. Como a mí. Si le insisten, tal como se haría en una de esas encuestas pelmas sobre el sentimiento de pertenencia, Manuel lo tiene claro: “¡Soy de Burela!”.

El hermano de Manuel, Emilio, que tiene 18 años, y también juega al fútbol, no cree en la profecía poética convertida en fatalidad: Nuestro destino es el mar. Al menos, le gustaría incumplirla. Ha hecho un curso de jardinería y le gustaría encontrar trabajo en tierra, como a cualquier joven de su edad en Burela. Como a David. Fue estos años el gaitero más célebre de la comarca. Como dice él, “el primer gaitero de color”. Alguna vez tuvo que escuchar de algún patán: “¡Que le den una gaita blanca!”. Pero, en general, fue una experiencia provechosa. “Un buen rollo”. De algunos pueblos llamaban a propósito, para que tocara la gaita David. Hizo primero de FP de Hostelería, lo dejó por un trabajo en una pizzería, y ahora lleva con un socio un pequeño pub. Pero su objetivo es hacer un curso de guardia jurado en Barcelona. Dicen que en la seguridad privada hay futuro. No quiere saber nada de trabajar en la pesca. Sabe lo que significa el mar. Su padre, Isidro, y su hermano mayor, Ricardo, llevan meses fuera, en el barco. Siente que el mar le robó a su padre.

David es hijo del único matrimonio mixto que reside en Burela. En Cabo Verde, como en Galicia, como en todas partes, gustan mucho las telenovelas brasileñas. Y la historia de Isidro y Antonia se merecería una. Ella vivía con sus padres en Andorra (Teruel). Conoció a Isidro cuando era una adolescente y se enamoró de él. “Me gustaba porque era guapo y por lo amable que era, por lo educado”. Él había emigrado desde Cabo Verde y encontró trabajo en la construcción de una térmica.

La pareja escapó un fin de semana. Fue en 1978. “Llevábamos unos meses saliendo a escondidas y lo hicimos adrede, para que nos dejasen ser novios. Más tarde, mi madre me contó que ella y mi padre tuvieron que hacer lo mismo, escaparse para que los dejasen tranquilos. Pero eso me lo contó después. Porque, en principio, pusieron una denuncia. A Isidro lo detuvieron y a mí me preguntó el juez: ‘¿Tú lo quieres?’. Sí. ‘¿Te llevó a la fuerza?’. No. Le dije a mi madre que estaba embarazada. Y, claro, empezaron las habladurías, los disparates. Una señora me dijo que tendría un hijo de dos cabezas. Nos casamos. Nació el niño y no tenía dos cabezas: Ricardo era un niño guapísimo. Y, bueno, mis padres felices. ‘Negrico, negrico’, le decía mi padre. Pero Isidro se quedó sin trabajo. No emplearon a ningún negro en la térmica. Y entonces nos fuimos a Bembibre, a León. Allí trabajó durante siete años en un chamizo del carbón. La primera semana perdió nueve kilos. Tuvo un accidente, y lo hicieron volver con la herida abierta. Yo me enfrenté al médico y él me dijo: ‘¿Piensa que soy inhumano?’. No, le dije, no existe nombre para lo que es usted. Trabajó allí durante siete años, como picador, hasta que enfermó de bronquitis. No podía bajar a la mina. En Bembibre nació David. Y por fin nos vinimos para aquí. Era el trabajo que aparecía. Ir al mar. E Isidro dijo: ‘Si hay que hacerlo, se hace’. Aquí, en Burela, nació Aarón, el pequeño, el más mimado. Problemas, problemas… Bueno, en Bembibre, al buscar una casa para alquilar, el dueño se me insinuó, pensaba que, como estaba casada con un hombre negro, pues era una mujer más fácil o algo así. Isidro quería partirle la cara”.

“A mí lo que diga la gente me da igual, pero ¡las miradas! ¡Hay miradas, chico, asquerosas! ¡Lo que ha tenido que aguantar David por ir sentado conmigo en el autobús! Miradas que te están diciendo: ‘¡Mira esa el novio que se ha echado!’. Y quien está sentado conmigo es mi hijo. Una vez, en la calle, un tipo se nos quedó mirando como un bobo, y se pegó contra un muro. Bueno, te ríes y ya está. A mí la felicidad no me la van a quitar”.

Y David también ríe: “En el autobús ya me cambio de sitio. Que vaya sola. ¡Yo soy de Burela, tío!”.

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